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BAUDELAIRE Y LOS POBRES

kokon | 27 Octubre, 2009 20:46

   

Hace tres días, que cuando paso por delante de un megacentro comercial, veo a un joven sentado en el suelo, junto a un perro que le hace compañía. Tiene una actitud  melancólica y se mira fijamente los dedos de una mano. La primera vez que lo vi pidiendo limosna con un vaso de McDonald en el suelo, pensé en darle unas monedas pero me retuvo el pensamiento de que siendo joven y sin aparentes dolencias físicas, si se acostumbraba a pedir, nunca saldría del arroyo. El segundo día, volví a dudar y no le di nada. El tercero cedí irremediablemente a mis sentimientos: busque unas monedas de euro y me dirigí decidido hacia el vaso, tuve que hacer una pequeña genuflexión y deposite finalmente mi mala conciencia en forma de limosna. Tan solo acababa de dejar atrás al joven unos pasos, oí que decía en voz alta y con buena voz: ¡que Dios te lo pague , cabrón!”

 

comentarios

  1. Aloma

    Hola Aloma: siempre agradecido a tu participación, parece que has estado algo ocupada en el inicio de curso.

    Kokon | 29/10/2009, 15:07
  2. Al justiciero

    Hola Justiciero: retiré el texto porque en la sociedad en la que vivimos la gente no entiende más que los titulares y no va más allá del corta y pega. No hay criterio. El texto de Baudelaire tiene el terrible título de “Matemos a los pobres” que es naturalmente un exabrupto que le sirve para desarrollar la moraleja que contiene el texto que tu te has atrevido a poner. Me consta que el lector común no irá a hilar tan fino como el texto de Baudelaire sugiere y por eso lo quité. El pseudónimo que has escogido ya me da un poco de miedo.

    Kokon | 29/10/2009, 15:06
  3. Lo que dijo Baudelaire

    Hola Kokon: no sé porque quitaste el texto de Baudelaire que habla de la dignidad recuperada a través de la violencia ¿es que no te atreviste?, pues dice así:

    “A punto de entrar en la taberna, un mendigo me alargó el sombrero, con una de esas miradas inolvidables que derribarían tronos si el espíritu moviese la materia y si los ojos de un magnetizador hiciesen madurar las uvas.
    El Demonio me aconsejó y su voz, pues, me cuchicheaba esto: «Sólo es igual a otro quien lo demuestra, y sólo es digno de libertad quien sabe conquistarla.»
    Inmediatamente me arrojé sobre mi mendigo. De un solo puñetazo le hinché un ojo, que en un segundo se volvió del tamaño de una pelota. Me partí una uña al romperle dos dientes, y como no me sentía con fuerza bastante, porque soy delicado de nacimiento y me he ejercitado poco en el boxeo, para matar al viejo con rapidez, le cogí con una mano por la solapa del vestido, le agarré del pescuezo con la otra y empecé a sacudirle vigorosamente la cabeza contra la pared. He de confesar que antes había inspeccionado los alrededores en una ojeada, para comprobar que en aquel arrabal desierto me encontraba, por tiempo bastante largo, fuera del alcance de todo agente de policía.
    Como en seguida, de un puntapié en la espalda, bastante enérgico para romperle los omoplatos, acogotara al débil sexagenario, me apoderé de una gruesa rama que estaba caída y le golpeé con la energía obstinada de los cocineros que quieren ablandar un bistec.
    De repente -¡Oh milagro!, ¡oh goce del filósofo que comprueba lo excelente de su teoría!- vi que la vieja armazón de huesos se volvía, se levantaba con energía, que nunca hubiera sospechado yo en máquina tan descompuesta, y con una mirada de odio que me pareció de buen agüero, el decrépito malandrín se me echó encima, me hinchó ambos ojos, me rompió cuatro dientes, y con la misma rama me sacudió leña en abundancia. Con mi enérgica medicación le había devuelto el orgullo y la vida.
    Hícele señas entonces, para darle a entender que yo daba por terminada la discusión, y, levantándome tan satisfecho como un sofista del Pórtico, le dije: «¡Señor mío, es usted igual a mí! Concédame el honor de compartir conmigo mi bolsa; y acuérdese, si es filántropo de veras, que a todos sus colegas, cuando la pidan limosna, hay que aplicarles la teoría que he tenido el dolor de ensayar en sus espaldas.»
    Me juró que se daba cuenta de mi teoría y que sería obediente a mis consejos.”

    justiciero | 29/10/2009, 14:57
  4. Los indigentes

    Hola Kokon. El símil entre tu anécdota con el indigente y los pobres de Baudelaire me ha parecido magnífica, pues además de recordarnos la evolución del lenguaje, pues pasamos de la enajenación física, al diálogo, a la transmisión visual, mental....
    Los indigentes o personas con penurias económicas dicen que se les agudiza el entendimiento y parece que leen los pensamientos. Está claro que el joven es consciente de que no le eres indiferente, seguro que captó tu mensaje, tus dudas y su respuesta "¡Dios te lo pague cabrón!" traducido en su lenguaje seria " ¡ Ya es hora tío de que sueltes la pasta¡
    y en el lenguaje de Baudelaire
    seria " ¡ Comparte tu bolsa!"

    Aloma | 29/10/2009, 13:40
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