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NOWWWELA EXQUISITA CAP.2.-

kokon | 15 Mayo, 2007 20:38

 IDonde hay cadáveres, las cigüeñas y los flamencos y las grullas han sustituido a los cuervos y los buitres. Mi tío estaba aún en la primera juventud; la edad en que los sentimientos se mezclan todos en un confuso impulso, indis­tintos aún entre mal y bien; la edad en que toda nueva expe­riencia, por macabra e inhumana que sea, es trémula y cálida de amor a la vida. -¿Y los cuervos? ¿Y los buitres? -preguntó ¿Y las otras aves rapaces? ¿Dónde se han ido? -estaba pálido, pero sus ojos centelleaban. El escudero era un soldado negruzco, bigotudo, que nunca alzaba la mirada. -A fuerza de comerse a los muertos de peste, la peste les ha dado también -e indicó con la lanza unos negros matojos, que a una mirada más atenta se revelaban no de hojarasca, sino de plumas y resecas patas de rapaz. -Ya no se sabe quién ha muerto antes, si el pájaro o el hom­bre, y quién se ha lanzado sobre el otro para descuartizarlo -dijo Curzio. Para huir de la peste que exterminaba las poblaciones, fa­milias enteras se habían encaminado al campo, y la agonía les había cogido allí. En grupos de despojos, diseminados por la yer­ma llanura, se veían cuerpos de hombre y de mujer, desnudos, desfigurados por los bubones y, cosa inexplicable al principio, emplumados: como si en sus macilentos brazos y costillas hu­bieran crecido negras plumas y alas. Eran los cadáveres de bui­tres mezclados con sus restos. Ya el terreno estaba sembrado de signos de ocurridas bata­llas. La marcha se había hecho más lenta porque los dos caba­llos se resistían, saltando y encabritándose. -¿Qué les pasa a nuestros caballos? -preguntó Medardo al escudero. -Señor -respondió él-, nada disgusta tanto a los caba­llos como el olor de sus propias tripas.  

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